El tercer hombre
En la Viena de posguerra, un escritor de novelas del oeste llega a la ciudad para reencontrarse con un viejo amigo, el cual le había ofrecido trabajo allí. Pero al llegar a aquella ciudad dividida debido a la guerra, descubre que su amigo había fallecido atropellado por un vehículo.
Este es el punto de partida que nos plantean Carol Reed y Graham Greene, director y guionista respectivamente de esta película británica basada en una novela del mismo título que escribió el propio Graham Greene.
El tercer hombre destaca por los inclinados ángulos de cámara, fiel reflejo del expresionismo alemán y que se hacen frecuentes durante todo el transcurso de la historia.
La debidamente planeada posición de la cámara ayuda a incrementar un ya de por sí elevado nivel de tensión y misterio en las oscuras calles de un Viena en ruinas, resguardo de contrabandistas y delincuentes.
El expresionismo alemán, mencionado antes, es una constante en esta película, tanto en la escenografía, como en la magistral fotografía, que recrea a la perfección un ambiente y una atmósfera plomiza y asfixiante. El particular juego de luces y sombras muestra una recreación muy angustiosa de la ciudad y producen un importante impacto visual, además de conseguir crear escenas de una enaltecida índole esperpéntica.
Grabada en su mayor parte en espacios cerrados, cuenta con una secuencia final ostentosa, claro paradigma de una soberbia lección de cine, en los alcantarillados de Viena, donde el personaje de Welles es sometido a una atrayente persecución que consigue con un espléndido montaje un ritmo acelerado y fascinante.
Muy importante es también la música de Anton Karas, que a modo de lápiz en una hoja con texto, va subrayando muchas de las secuencias de la película; esta simpática melodía suena en cualquier momento, sin importar si es una situación cómica o de naturaleza dramática, por lo que el significado de la música en la trama es importantísimo, de hecho, ya en los títulos de crédito se acentúa la música al compás de las cuerdas de una cítara.
La interpretación de Orson Welles es magistral, cabe destacar la antológica escena de su aparición, perspicaz y cínica, con su iluminada cara ante la atónica y estupefacta mirada de Joseph Cotten. Esta aparición sucede bien avanzada la película, por lo que este personaje va avanzando en la trama por lo van diciendo de él el resto del reparto. Reparto que, al igual que la interpretación de Welles, es brillante y solemne, con unas muy buenas actuaciones de Trevor Howard y Alida Valli.
No me olvido de Joseph Cotten, infravalorado actor que se marca una interpretación a la altura de la de sus compañeros de reparto y a la altura de la propia película en sí.
Destacar también la escena de la noria, en la que el inteligente guión consigue plantear la importancia de la insignificancia – véase la paradoja – de las personas, las cuales, vistas desde allí arriba, parecen hormigas, ninguna de esas vidas podría importar en absoluto.
Mencionar además el plano-secuencia final, en el que Reed consigue, sin una sola palabra por parte de los protagonistas, atar el único cabo que permanecía suelo, al mostrarnos cómo Alida Valli pasa de lado sin dirigirle siquiera una mirada a Cotten.
Película magistralmente realizada, sin duda alguna la cima de un gran director como C. Reed, que nos descubre perfectamente una ciudad vieja, llena de edificios vastos y empobrecidas pensiones, donde abunda la miseria y la fechoría, todo ello adornado con un sutil humor negro.
Probablemente la mejor película del cine británico, que sigue la estela dejada por anteriores filmes de Welles.
Admirable historia sólida y consistente, y por todo ello, punto y aparte en la historia del cine.
No está nada bien, al realizar un comentario de una película, abusar de una manera tan considerable y pomposa de adjetivos y expresiones grandilocuentes, pero realmente no puedo hacer lo contrario sobre esta maravillosa y muy recomendable película.

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