martes, agosto 09, 2005

Esperando a Morfeo

De pequeño imaginaba que mi cama era una pequeña barquita a la deriva en un mar repleto de seres infernales (a la vez que acuáticos). Siempre veía la cama como un lugar de protección y de amparo. Mi insignificante y particular mundo. Era el lugar donde nada ni nadie podía hacerme daño. Es curioso, porque ahora se ha convertido en todo lo contrario. Al apagar la luz, la cama se transforma en el extraño y pavoroso país donde los pensamientos existenciales se suceden continuamente. La gente cuenta ovejas. Yo cuento muertes. Y pienso en aquella que ya no veré. Que no sentiré. Que ni siquiera sabré cuando ocurrirá. Y se pasa mal. Muy mal. Miles de diminutas serpientes demoníacas recorren mi estómago. Y yo soy presa de ellas. Presa del pánico. Presa de mis propios pensamientos. Quizás por ello me acuesto siempre tan tarde, para caer totalmente rendido en los brazos de las fascinantes quimeras que nos producen los sueños.
Siguiendo con la nostalgia infantil, cuando miraba al cielo, y había muchas nubes, siempre pensaba que el cielo era un océano enorme, y las nubes barcos repletos de pescadores que trataban de atraparnos a los humanos.
Laura, la encantadora fémina que inspira el título de este blog, imaginaba que las farolas eran chupa-chups, aunque nunca me he atrevido a preguntarle si alguna vez realizó la desagradable hazaña de pegarle un chupetón a alguna farola. Conociéndola, no se qué pensar..

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